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El idioma de la música

14-04-2021

Siempre se ha dicho que la música está en la fina línea que divide el arte del lenguaje. Los méritos artísticos de la música están más allá de toda duda.

Y así ha sido desde tiempos inmemoriales, pero su efectividad como herramienta para comunicar significados siempre ha sido algo más discutible.

A primera vista, la música tiene muchas cosas en común con las lenguas, a diferencia de otras expresiones artísticas como la pintura. Puede escribirse y leerse a través de unos símbolos propios y hay sonidos asociados a ellos que pueden reproducirse vocalmente. Las dudas empiezan a surgir cuando hablamos de usar la música para decir algo concreto, algo que parece lógico si nos referimos a la música sin letra. Pero parece que hay pruebas que indican que puede ser un método bastante efectivo para comunicar significados a grandes rasgos, incluso entre distintas culturas.

En un estudio realizado por el departamento de ciencias de la Universidad de Harvard titulado Universalidad y diversidad en la canción humana, podemos ver cómo múltiples métodos de comunicación pueden unirse para transmitir un mensaje más complejo:

«A menudo se asume que la música es universal para el ser humano, nacida gracias a una adaptación específica a la música o como un resultado secundario de las adaptaciones para la percepción del afecto, el lenguaje, el control motor y la audición. Existe en todas las sociedades, con y sin letra, varía más entre una misma sociedad que entre distintas sociedades, apoya de manera habitual ciertos tipos de comportamiento y tiene características acústicas que están sistemáticamente relacionadas con los objetivos y las respuestas de los cantantes y su audiencia.»

Aunque no resuelve el enigma, está claro que los patrones en la música se interpretan de la misma manera por un público muy diferente, especialmente en las regiones que comparten las mismas tradiciones musicales. Uno de los más habituales es la asociación del tempo y la interacción armónica a cierto estado de ánimo. Una pieza musical lenta en una escala mayor transmite instintivamente una sensación de paz y serenidad, mientras que la misma pieza en una escala menor explica una historia bastante más triste. Las obras rápidas en escalas mayores son enérgicas, alegres y una invitación al baile, mientras que aquellas en escala menor transmiten una sensación de caos o catástrofes similares.

Hay otras muchas variables que añaden incluso más información como el tono, el ritmo y el uso de la disonancia. Muchas de estas mismas variables se utilizan mucho en los idiomas convencionales y son indispensables para comunicarse de una manera efectiva, acercando la música a la «idiomalidad» (nuestra palabra inventada del día).

Con todo esto en mente, es perfectamente posible escuchar las cuatro horas de la opera wagneriana de Tristan e Isolda sin entender ni una palabra de alemán y tener una idea muy aproximada del estado de ánimo de cada escena con tan solo escuchar la música. Lamentablemente, si de lo que se trata es de seguir todos los giros de la trama, la música se nos queda corta. Tal vez podríamos decir que la música se asemeja más a una especie de idioma corporal que a uno hablado. Puede transmitir una amplia gama de emociones y estados de ánimo, pero no puede profundizar más.

Pero por muy loco que parezca, eso no significa que no se pueda utilizar como un idioma si alguien decide crear uno utilizando el sistema de anotación con el que se escribe la música. Al fin y al cabo, son símbolos que se traducen en sonidos. Algunas secuencias de notas podrían significar algunas cosas y podríamos unirlas para formar frases en forma de melodías, algunas bellas y otras no tanto, dependiendo de lo que queramos decir. Podríamos empezar en una clave concreta cuando queramos hablar del pasado, el presente o el futuro y así. Quizá lo único que necesitemos es a alguien lo bastante valiente (o loco) para convertir la música en un auténtico lenguaje universal.

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